martes, 19 de enero de 2010

Transformaciones


Hoy me he quedado pensando mirando a mi padre, mientras desayunaba. Me ha venido a la cabeza lo absurda que es a veces la vida: nos transformamos, cambiamos lo que somos para que los demás nos vean sólo "metamorfoseados".
Nos levantamos, con el pelo enmarañado, como si no nos lo hubiésemos lavado desde hace meses, y poco a poco nuestro aspecto va cambiando, hasta tal punto, que parecemos otros , creados a nuestro capricho en unos minutos. Veo al vecino, en calzonzillos, en chanclas, como si el disfraz hubiese desaparecido, incrédulo, tranquilo, creyendo que sigue solo, oculto. ¿Quien podría sospechar que esa bolita con taparrabos es el hombre que tanto te intimida en el ascensor? ¿Ese, cuya corbata perfectamente puesta y alineada con los botones de su chaqueta, acrecenta aún más si cabe ese aire imponente? ¿Ese, cuya simple presencia te empuja irremediablemente a la esquina, protegida por el recoveco entre las dos paredes?
Del mismo modo me hace gracia a algunas bailarinas. LLegan, vestidas de negro, los ojos embadurnados de maquillaje, las botas embarradas, y desde que traspasan la perta del estudio, en unos minutos, son una dulce personilla, envuelta en rosa, calzando unas monísimas puntas, cuando no enfundadas en un tutú de los colores más insospechados.
Cómo me gustaría que todos nos paseásemos por la calle, en bañador, enseñando cómo somos de verdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario