
Hay que ver cómo cambia el mundo.
Para nuestros abuelos el hecho de poder hablar a distancia con su fantástico tío de Madrid, aunque fuese llamando desde el teléfono público, con el cual todo el mundo podía oír su conversación, era un verdadero lujo al alcance de pocos.
Luego, con la evolución y la democratización de las tecnologías, sobre todo de las comunicaciones, cada uno podía tener su propia teléfono en el salón de su casa. El famoso ring, ring!! era el ruido que despertaba a los padres de la siesta, y que suena, anunciannte de buenas o malas noticias, repetidamente en series de época, como en Cuéntame.
Fuimos ganando en intimidad, y en los 90 apareció aquel maravilloso aparatito que todos llevamos ahora en algún bolsillo: el móvil. Fue como una epidemia, de las de verdad no como la gripe del pasado año, de la que todos nos contagiamos. Gracias a él (o por su culpa si es en el coche y nos ganamos una multa) podemos hablar con quien queramos desde cualquier rincón del planeta (tranquilos, ya se están probando señales para contactar con los extraterrestres.
Mientras tanto nos hemos ido empleando en poder hablar, aparentemente, sin ningún tipo de aparatito. No más multas, no más enfriarse las manos en invierno al ir con el teléfono en la oreja. ahora, simplemente, parecemos locos al ir hablando por la calle con nosotros mismos, o con el aire, o tal vez con el angelito y el diablo de nuestros hombros. Curiosamente, hemos retrocedido, porque una vez más, como les ocurría a nuestros abuelos que tenían que hablar en plena vía pública, todo el mundo puede enterarse de nuestras conversaciones, simplemente dando un paseo y perdemos nuestra intimidad.
P. D.:Toda esta parrafada me ha venido a la cabeza cuando me he quedado flipando en la calle, pensando que estaba al lado de una neurótica que discutía consigo misma.






